Hace unas semanas tenía que hacer una fotocopia de mi pasaporte para algunos trámites. Cuando pasé a la página de mi visa japonesa me di cuenta que esta había caducado el día anterior. Yo había pensado que vencía en noviembre porque tenía la idea de que vencía exactamente 3 años después de la fecha de emisión.
Entré al sitio del servicio de migración de Japón para ver que documentación debía aportar para renovar mi visa conyugal (配偶者ビザ). Luego de revisar el sitio, llamé a la oficina de migración en Shinagawa (la principal) para corroborar que la información del sitio estaba al día. Cuando le expliqué a la funcionaria que amablemente me atendió que había apuntado mal la fecha de vencimiento, ella cortésmente por con tono grave y serio me dijo que debía arreglar condición migratoria cuanto antes, pues a partir del momento en que la visa caducó era susceptible de ser deportado. Yo le indiqué que entendía y que era mi intención poner mi situación en orden lo más pronto posible. Ella me aclaró con un dejo de enojo que me aconsejaba encarecidamente que debía arreglar mi situación inmediatamente pues estar con la visa vencida es simplemente estar sin visa, lo cual significa que estaba ilegalmente en el país, en violación del ordenamiento jurídico japonés y por ende en una situación criminal. También me indicó que debía aportar una carta explicando cuidadosamente por qué había dejado que se me venciera la visa y por qué merecía una nueva visa.
En el par de días que me tomó tener todos los documentos listos estuve leyendo varios foros de extranjeros que residen en Japón sobre renovaciones de visas y casos similares al mío. Me sorprendió leer que efectivamente en Japón no es extraño que deporten a una persona a la que se le haya vencido la visa conyugal, independientemente de que tenga varios años de casado y hasta niños. El que uno tenga familia no quita que uno sea un huésped del país, el cual se reserva el derecho de admisión.
El día que fui a migración me puse mi mejor cara de chavalo pura vida y me aseguré que mi carta explicativa fuera profusamente apologética y cantadora de las alabanzas a Japón. Tuve que acudir a dos ventanillas. En la segunda tuve que esperar unos 20 minutos mientras revisaban mis documentos, mis loas al sol naciente y contestaba algunas preguntas redundantes sobre el por qué de mi pifia y mi deseo imperecedero de tener el honor y privilegio de tener la visa japonesa. En total el trámite no duró más de 35 minutos.
Cuando ya había contestado todas las preguntas, el muy atento oficial de migración me dijo que me esperara. Volvió con una hoja que estaba escrita a renglón pegado con una lista de todos los documentos imaginables que podrían pedir (no incluía prueba de ADN). Me pidió copias certificadas de mi declaración tributaria más reciente y un certificado de notas de donde me hubiese educado más recientemente. Lo segundo me pareció extraño, pero no dije nada. No obstante, le pregunté sobre cuanto es el máximo de documentos que llegan a pedir, pues la lista era enorme. El me contestó que hay algunos casos en los que piden absolutamente todos los documentos que aparecen en la kilométrica lista.
Cuando por fin estuvo lista mi visa (exactamente el día que me habían indicado previamente) fui nuevamente a Shinagawa. Mientras esperaba que llamaran el número de mi ficha, estuve observando a otros extranjeros. No faltó el occidental pedante que se molestó porque lo citaron para decirle que su visa había sido denegada y que tenía tantos días para hacer maletas. Pero también hubo gente interesante. Hubo dos señores que esperaban taciturnos a que los llamaran. Cuando les entregaron sus pasaportes empezaron a brincar, abrazarse y besarse de felicidad porque les habían renovado la visa por 3 años. A mí me pareció una reacción un poco exagerada hasta que pasaron al frente mío y pude ver que tenían pasaportes iraníes. Definitivamente me hizo ver las cosas que uno da por sentado, para otros son un privilegio. Incluso la visa japonesa. De paso, dejé de ver mi situación como un caso cómico de torpeza y me alegré de que ya no soy un delincuente.
A pesar de que los policías japoneses por lo general son buena gente y que la policía desde hace muchos años es una de las instituciones más respetadas y con mayor confianza del público japonés, entre ciertos sectores de la comunidad extranjera hay una gran fobia y desprecio hacia los tombos. Hay todo tipo de leyendas urbanas sobre como los policías nipones prácticamente pasan sus horas y días planeando como hostigar a los extranjeros que vivimos aquí.
A este tema aludí indirectamente en el artículo anterior, en el que mencioné como una amiga inicialmente no me había creído, una noche que andábamos perdidos, que podíamos solicitar ayuda policial. Mi amiga no me había creído porque ella había escuchado que los policías japoneses suelen tratar muy mal a los extranjeros. Yo le dije que esa no era mi experiencia ni la de mis amigos cercanos, que yo siempre busco una Kōban (交番 –caseta policial) cuando no encuentro una dirección y que no en vano en este país a los niños siempre se les inculca buscar a un policía si necesitan ayuda. De hecho, desde pequeños los japoneses aprenden a referirse a los policías, de manera afectiva, como omawarisan (お巡りさん –el honorable señor que da vueltas).
Ciertamente en Japón, como en cualquier parte del mundo, hay malos policías, pero son los menos. Independientemente de ello, le expliqué a mi amiga que una característica del cuerpo policial aquí es que la mayoría de sus miembros están allí por vocación y no porque no tenían otra salida. También le mencioné que la mayoría de las quejas en contra de los policías vienen de ciudadanos de cierto país occidental, quienes muchas veces sin saber como funcionan las autoridades policiales y migratorias de su propio país, consideran un atropello que la policía japonesa aleatoriamente le pida a un extranjero su tarjeta de identificación para verificar que está legalmente en el país.
Desde que vivo en Japón, en tres ocasiones me han pedido mi identificación. Siempre he sido tratado con cortesía al momento de la solicitud y siempre he recibido una disculpa por la molestia y el atraso luego de mostrar mis documentos. Tengo otros amigos que cuentan lo mismo. Incluso, tengo una amiga filipina, a quien luego de diez años de vivir aquí, una noche la ley Murphy le castigó por no portar su tarjeta de identificación. En su caso, tuvo que acompañar a los oficiales a la estación y esperar allí hasta que un familiar suyo le trajera sus documentos. Una vez que demostró que todo estaba en orden, se disculpó por su error, lo cual sirvió para que los policías le agradecieran su colaboración y se disculparan por las molestias que le causaron.
La persona con la que hablaba del tema no estaba convencida e insistió que indudablemente lo que le estaba relatando tenía que ser excepciones, pues de varios amigos había escuchado historias de agresión policial. Le pregunté si esos amigos eran de cierto país. Ella me contestó que todos. No solamente era lo que yo sospechaba, sino que también supe que, aunque todos aparentemente “sabían” de supuestas agresiones, ninguno de ellos personalmente había tenido problemas con la policía ni había sido testigo de las historias que contaban.
A esta amistad le mencioné que dentro de la comunidad de extranjeros hay un grupo que es el gran quejoso por excelencia en contra de la potestad policial de revisar documentos de identificación. Le conté que en la mayoría de los casos que supuestamente afectan a los miembros de ese grupo se termina por descubrir que estas personas, cuando un policía les pide los documentos, responden que no los pueden molestar porque son del país tal (en razón de ello más de uno se comporta como un tal por cual) y tratan de seguir su camino ignorando a los oficiales.
En esos casos lo usual es que los oficiales acompañen al transeúnte mientras continúan solicitando el documento de identificación. Casi siempre en algún momento la persona se rehúsa de mal modo, razón por la cual los oficiales le van a pedir que los acompañe a la estación. No hacer caso siempre resulta en que los oficiales se pongan al lado de la persona, la tomen del brazo y le digan que van para la estación. He aquí donde las cosas a veces empeoran. El “detenido” frecuentemente se zafa y exige que no le toquen. Hasta ahí todavía la cosa es salvable. No obstante, siempre hay algún tonto que, aparte de zafarse, le da un empujón al policía. Y cuando eso sucede, son otros cien pesos.
