La platina y el terremoto
18 de agosto del 2009 | 2 comentarios | Corrupción, Costa Rica, Japón |
Anteayer, mientras veía las noticias de las 7 p.m., no sentí asombro, sino indignación, por la reparación de la autopista Tōmei (東名高速道路). Esta importante vía, que une a Tokio con la prefectura de Nagoya, había sufrido un grave daño por causa del terremoto del pasado 11 de agosto.
Obviamente no me sentí indignado por la reparación, que permitió la reapertura de ese tramo de la vía a la medianoche del domingo, sino porque inevitablemente me trajo a la mente el sainete de la platina del río Virilla, que ha permitido exhibir por qué Costa Rica es un país que no funciona por mero gusto. El gobierno es ineficaz e inepto hasta más no poder. El sector privado tico, que frecuentemente e incansablemente se llena la boca criticando al Estado y autoalabándose por su supuesta y muy autocreída eficiencia, muestra esos mismos males, pero con la ventaja de que nunca duda en poner la mano para que ese mismo Estado –contra el que tan deportivamente despotrica– le de plata de los costarricenses para hacer desobras y trabajos que no sirven, porque sabe que ningún gobierno les va a reclamar nada (el temor de no recibir donaciones en la campaña política sería supremo). Además, en Costa Rica los escándalos no duran más de tres días. Y si por alguna razón algún día algún gobierno tuviese las agallas de exigir trabajos bien hechos (la imaginación es gratuita), nada va a suceder porque todo se entrabaría en los tribunales, si no es que no se ha entrabado previamente por la siempre oficiosa institución cucurucha, que tanto disfruta de sus propios ríos de tinta y del sacrificio de muchos árboles ante el altar de sus leguleyadas.
Yo no creo que el Estado, ni los gobiernos que le han tutelado en años recientes, ni el sector privado que gusta medrar a costas del primero, estén llenos de tontos. Por el contrario, tienen gente muy inteligente y audaz; si no fuera así, no tendríamos a dos arcangélicos –y últimamente muy rezadores– expresidentes siendo enjuiciados por sus muy sofisticados chorizos, los cuales fueron descubiertos por la prensa mientras las autoridades estaban, como siempre, absolutamente MFT.
Desde el domingo he estado pensando mucho un amigo japonés, quien vivió por varios años en Costa Rica, con quien solía hablar de las diferencias entre Tiquicia y Japón. Muchas veces abordamos el tema de la burocracia y la corrupción en ambos países. La tierra del sol naciente tiene una muy frondosa y saludable burocracia que disfruta del papeleo. No obstante, su papeleo siempre es muy claro y los burócratas japoneses usualmente saben guiarlo a uno en cuanto a requisitos de forma y de fondo en un procedimiento.
Los niveles de corrupción japoneses, al menos en el ámbito político, no son tan distintos a los nuestros. La principal diferencia estriba en que, por lo general, la corrupción japonesa no impide que se hagan bien las cosas. Al igual que en Costa Rica, en Japón las empresas coludan. Pero su cartelismo no es utilizado para taparse mutuamente sus errores, pues hay una regla no escrita que quien pifia automáticamente cede el espacio para que entre otro miembro del cartel.
La otras grandes diferencias radican en que los escándalos no se limitan a los tres días y a que la prensa suele ser inmisericorde con aquellos entuertos que afectan el bienestar público. Por otra parte, a los periodistas de estos lares usualmente no se les puede llevar a su punto de clímax con una cena en un restaurante bonito, en donde una persona poderosa –económica o políticamente o ambas– les explique, mientras les hace sentir compadres de algún gran secreto, por qué las cosas son como son y no como deben ser.
[Nota: una buena toma del daño original se puede ver en este video a partir de los 11 segundos. En este otro hay tomas de la reapertura y de la gente expresando su satisfacción con la pronta reparación.]
