Mi hija tiene una gran afinidad por
Ultraman, especialmente los ocho hermanos (Ultraman, Ultra Siete, Jack, Gaia, Mebius, Ace, Dyna, Tiga). Gracias a ella hija he aprendido que, a pesar de todos sus poderes, no es fácil ser Ultraman.
Cuando jugamos con sus muñecos de los hermanos ultra, hay una clara rutina. Aparecen algunos monstruos muy decididos a destruir Tokio y después de allí todo lo que les quede en el camino. Los ultras pelean, son golpeados y reciben descargas de algún tipo de rayo. Aunque casi son vapuleados, al final se sobreponen y unen esfuerzos para derrotar a los monstruos del día.
Uno pensaría que finalizada la pelea, los hermanos ultra podrían descansar, quizás tomarse su merecida siesta. Para su mala suerte, no es así. Luego de pelear tienen que ir al kínder, leer y pintar. Luego de las clases van a jugar al parque antes de regresar a casa para cenar. Terminada la cena, durante la cual usualmente se recuerdan la importancia de comer pescado, vegetales y tomarse la sopa para mantenerse fuertes y valientes, se divierten con algún juguete por un rato, aunque pronto tiene que guardarlos porque deben tener sus cosas en orden antes de bañarse todos juntos en la tina.
En la bañera, los hermanos discuten las labores del día, especialmente lo difícil que fueron las peleas con los monstruos. Curiosamente, durante esta discusión todos se agradecen mutuamente y se reparten cumplidos por haberse ayudado durante le batalla, la cual indudablemente habría sido imposible de ganar sin trabajar en equipo.
Cuando termina el baño entre todos preparan la cama y discuten la importancia de acostarse temprano y descansar lo suficiente porque el día siguiente traerá nuevas batallas, más estudio y posiblemente alguna situación imprevista. Deciden el orden en el que van a acostar y se duermen tomados de la mano.
No es fácil ser Ultraman.

Me enterado que La Nación ha puesto un enlace a breve video japonés sobre como alistar un niño para ir a la escuela en cinco minutos. Eso incluye la levantada, el desayuno, lavada de dientes y cara y empaque de almuerzo. Aunque el video en cuestión es de un programa de comedia, refleja algo que se ve mucho en la televisión japonesa, tanto en programas serios y en los que no lo son, como hacer tareas ordinarias y cotidianas más eficientes.
Lo primero que la gente que vea el video dirá probablemente será que el niño no se bañó. Eso se debe a que los japoneses tienen la costumbre de bañarse en la noche antes de dormir. Las razones de ello varían de las prácticas a las religiosas. En un sentido meramente práctico, uno nunca sabe que le va a deparar el nuevo día, así que debe estar listo para lo que venga. El aspecto religioso se deriva tanto de las creencias shintoístas como del budismo mayahana de Japón. La limpieza es sumamente importante y es mejor bañarse al regresar a la casa para no traer las impurezas de la calle y por aquello de que uno no se despierte nunca más. El baño nocturno es también importante porque, sobre todo cuando los niños están pequeños (antes de la pubertad), es común que la familia se bañe junta si el tamaño de la tina lo permite.
Volviendo al tema, los japoneses siempre buscan maneras más eficientes de hacer las cosas. Y todo empieza en la casa y a edades tempranas. En los años cincuentas, cuando hubo una gran expansión de construcción de viviendas por parte del gobierno, hubo un momento en que se diseñó la cocina de manera distinta a como tradicionalmente estaba organizada. Los diseñadores le presentaron su idea a una cocinera muy famosa de la época, a quien le desagradó mucho el concepto que le expusieron. ¿Qué se hizo? Pues construyeron varios apartamentos con el diseño tradicional que sugería la chef y otros con la propuesta de los ingenieros y diseñadores. Ubicaron a familias y midieron el tiempo y los pasos que debía dar la madre para preparar las comidas, especialmente por la mañana. Descubrieron que efectivamente el nuevo diseño era mejor pues las madres daban menos pasos y gastaban menos tiempo en preparar el desayuno y en alistar los almuerzos de quienes salían. La chef quedó satisfecha y apoyó con gran entusiasmo una campaña para que la gente acogiera la nueva manera de hacer las cosas.
El sentido del orden también se aprende desde temprano. Y a veces es tan sutil que uno no lo nota hasta que alguna situación lo hace percatarse de ello. Durante nuestra última estadía en Costa Rica, un día que andábamos en Multiplaza, mi hija, que entonces tenía cuatro años recién cumplidos, vio el área de juegos infantiles y quiso usarlos. Mientras estábamos allí fueron llegando más niños. Ella siempre hacía fila, mientras que los demás se empujaban y apretujaban para subirse al tobogán, por lo que muchas veces perdía su turno. Ella me buscó varias veces para preguntarme por qué los otros niños eran tan descorteses y no hacían fila como ella. Cómo no tenía una respuesta rápida y fácil, le respondía que no se preocupara que disfrutara y que se subiera cuando pudiese.
Eventualmente apareció un güila más grande que mi hija y que los demás niños pequeños, quien se dedicó a aprovecharse de lo juegos e incluso a estorbarle a los más pequeños, retándolos a hacerlo un lado. Mi hija vino frustrada hacia mi, ya con una lágrima en el ojo, preguntando por qué ese niño grande se portaba tan mal, incluso al frente de su papá y por qué éste no hacía nada. Yo le tuve que decir que algunos padres no pueden enseñar modales porque no los tienen y que no era culpa del niño no saber portarse bien. El papá, que alcanzó a escucharme –esa fue mi intención– vino a hacia a mí para decirme que él formaba parte de los “nuevos ticos”, esos que entienden –según él– que vivimos en la era de la globalización y que hay que enseñarle a los niños en este mundo sobrevive el más fuerte. Yo le respondí que sobrevivirán los más inteligentes y educados, no necesariamente los bravucones y vivazos. El hombre, envalentonado, sacó lo mejor de su repertorio cervantino: «¡hijueputa! no juegue de vivo porque le rompo el hocico aquí mismo, aunque esté con su carajilla». Me aprestaba a decirle que tener el hocico roto no era mi prioridad durante mis vacaciones, pero en eso intervinieron varias señoras, quienes no solo le reclamaron por mal educado en la presencia de niños, sino que le recalcaron yo le había hablado con respeto. El tipo espetó un «viejas metiches» y se marchó.
Luego de darles las gracias por su apoyo, me di cuenta de que las señoras habían empezado a enfatizarles a sus hijos e hijas que debían hacer fila, a veces con éxito, a veces no tanto. En todo caso, el resultado fue que mi hija pudo jugar un rato con tranquilidad y que luego pudimos hablar sobre la importancia de defenderse con la cabeza y con respeto.
