Sargento de la noche

3 de septiembre del 2009 | 3 comentarios | Corrupción, cortesía, Costa Rica, Policía, Seguridad, Servicio al cliente, Tren |

Anteayer, mientras leía el relato de Harol’s Blog sobre la manera indignante y alevosa en que fue tratado por la policía (que pareciera haberse contagiado de la bascosidad del gobierno), me acordé de una anécdota que había olvidado publicar y que es diametralmente opuesta a lo que le sucedió a Harol.

Hace un par de semanas varias amistades nos reunimos en Roppongi (六本木 ) para despedir de un amigo que se iba de Japón pues su familia en Indonesia le había ordenado colaborar con el manejo de la empresa familiar.

Luego de cenar, las mujeres del grupo querían ir a un club a bailar. Pero era una noche de mala suerte para ellas, pues tenían a todos los hombres equivocados en el grupo. Unos eran casados y por lo tanto, a pesar de que era noche de sábado, estaban pendientes de su horario al día siguiente. Otros simplemente no tenían interés en bailar, ni en no poder hablar por la bulla. Y prácticamente todos sin disposición alguna a pagar ¥7.000 (unos ₡44.600) por entrar a un club en donde la única cortesía es un cóctel en un vaso de 5 cm de alto y un diámetro de 3 mm. Como ya estábamos en un lugar bueno, bonito y barato en una noche inusual y agradablemente fresca, decidimos quedarnos allí pues de todos modos la conversación estaba entretenida.

Cuando llegó la hora de tomar el último tren de la noche cada uno tomó rumbo hacia la estación del metro que más le convenía. Una amiga centroeuropea y yo teníamos el mismo destino, pues ambos nos estábamos hospedando en la casa de una amiga que no nos acompañó en la noche pues es una hindú muy estricta. Aunque nuestro trayecto no era largo, teníamos que cambiar de tren dos veces.

Tan pronto como llegamos a la estación de Shinagawa (品川駅), corrimos para tomar el último tren a Shinbanba (新馬場), pero no lo logramos. Como solo estábamos a dos kilómetros de la casa de nuestra anfitriona, decidimos irnos a pie.


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Durante la caminata íbamos hablando de todo un poco mientras seguíamos la línea del tren desde la calle. En algún momento nos percatamos que llevábamos dos horas caminando y que no había indicios de la estación de Shinbanba. Mi amiga quería devolverse, pero yo la convencí de que eso no tenía sentido pues solamente volveríamos a Shinagawa y que lo importante era saber donde estábamos en relación con Shinbanba. Ella no quería caminar más sin un rumbo fijo, pero nuevamente insistí que lo que debíamos hacer era poner atención para cuando apareciera un mapa en alguna esquina o bien buscar una estación de policía.

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Luego de algunos minutos más de gastar suela, apareció una estación de tren. Como estábamos a un costado, buscamos un rótulo que nos indicara de cual estación se trataba. En esos momentos pude ver sobre la calle un rótulo que decía ciudad Ōsaki (大崎市). Con eso tuve claro que debía buscar la caseta policial, que no debía estar lejos de la estación.

A mi amiga no le hacía gracia la idea de ir a hablar con un policía, le preocupaba tener algún problema. Yo le dije que hasta donde yo sabía, en Japón no era delito estar perdido. Mi amiga me comentó que en muchas partes de Europa central la gente sigue desconfiando de las fuerzas del orden.

Cuando íbamos a entrar en la caseta policial me percaté de que el policía que estaba en la entrada, un señor mayor, le estaba dando un sermón a un tipo joven, quien asentía a lo que escuchaba. El lenguaje corporal del oficial me hizo pensar que no quería que le interrumpiera, así que le dije a mi amiga que esperáramos. Al instante salió otro policía, quien nos preguntó en qué nos podía servir. Le expliqué que estábamos perdidos y que necesitábamos ir a Shinbanba.


Caseta policial en Ōsaki, Tokio

«¿Shinbanba? Eso está un poco lejos, por lo que les aconsejaría que mejor vayan a algún café por aquí cerca y esperen a que salga el primer tren de la mañana. Por cierto, ¿de donde vienen?» El pobre hombre no pudo aguantarse la risa cuando le dijimos que veníamos de Shinagawa y nos conminó a pensar seriamente en ir a algún café.

Insistimos en que preferíamos caminar, por lo que el hombre le dijo al policía más joven de la estación, quien para ese entonces había salido de la caseta, que trajera los mapas de la zona. Mientras esperábamos, el oficial nos preguntó de cual país veníamos. A mi amiga le habló en ruso pensando que ella pertenecía a las generaciones que obligatoriamente aprendieron ese idioma. A mi solo me habló un poco en inglés, pero al menos sabía que Costa Rica es un país neutral (definitivamente la publicidad ha sido efectiva) y sin ejército.

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Cuando llegó el policía más joven, nuestro interlocutor le empezó a hablar en inglés y le dijo que nos explicara en ese idioma como llegar a nuestro destino. El jovenzuelo, muerto de la vergüenza y rojo como un tomate, contestó que eso era muy difícil para él. El oficial mayor le dio un leve empujón en el hombro, le quitó la gorra y le dio una suerte de cosco, diciéndole que se pusiera las pilas porque las promociones serían un poco más rápidas si sabía hablar bien al menos otro idioma.

Obviamente le tuve que preguntar al policía principal si había un requisito de aprender otros idiomas. Me señaló que desde hace algún tiempo la Agencia Nacional de Policía (警察庁) le pide a sus oficiales que “voluntariamente” aprendan otro idioma (y algo de geografía e historia de los países que lo hablan) para mejorar tanto la seguridad del pueblo japonés como los servicios que se brindan a la comunidad extranjera residente en Japón. Me mencionó que principalmente se recomienda que los policías aprendan inglés, español, portugués, chino, ruso, farsi y tagalo.

Luego de conversar un poco acerca de nuestras impresiones sobre Japón, los japoneses y lo difícil que es el idioma japonés, especialmente las reglas de cortesía y formalidad, le dije al omawarisan (お巡りさん –un término cariñoso que usa la gente cuando se dirige a un policía) que no le quería quitar más tiempo y que nos explicara como llegar a nuestro destino. El oficial hizo un último y vano intento de disuadirnos pues, según nos dijo, el camino tenía muchos recovecos. Nos pidió permiso de explicarnos en japonés y luego de repetir los pasos unas tres veces, se aseguró de que habíamos memorizado la ruta. No obstante, el policía más joven entró a la caseta y nos trajo un papel y lapicero para que tomáramos algunos apuntes.

Cuando omawarisan terminó de repasar los mapas con nosotros, le di las gracias a los policías por su amabilidad y su tiempo. Les pregunté por sus nombres. El más joven me dio el suyo. El mayor de los omawarisan, con una leve risa, dijo que él solamente era el “sargento de la noche” (サルジェントナイト –sarujento naito). Le dije que me sorprendía que trabajara en horario nocturno. Me contestó que a él le gustaba porque las personajes y situaciones más interesantes se dan en la noche. Hay extranjeros perdidos como nosotros y otros que necesitan descubrir que sus vidas en Japón no tienen por qué estar circunscritas a los trabajos de la noche y la ingle. Asimismo, hay jóvenes que deben recibir un recordatorio de que no deben permitirse el lujo de siquiera un pequeño descarrilamiento porque eso termina en una caída libre.

Mi amiga y yo nos despedimos de los oficiales y emprendimos nuestro camino. Mientras volábamos pata, mi amiga me comentó que si bien ella no me había creído que realmente podíamos acudir a la policía, le había fascinado la simpatía y el trato de los oficiales, el cual había sido totalmente distinto de lo que ella había escuchado sobre la policía japonesa.

Luego de otro largo trajinar, por fin llegamos a casa bien pasadas las cuatro de la madrugada (los trenes empiezan a las 5 am…). Horas más tarde, cuando le contábamos a nuestra anfitriona la aventura de la noche, mi amiga europea mencionó que se había soñado con el policía. Mi amiga hindú iba a preguntar por el sueño, pero el brillo en los ojos y la mirada pícara de la dama europea hablaban más que mil palabras sobre el sargento de la noche.

 

El tren y el taxista

16 de julio del 2009 | 2 comentarios | Servicio al cliente, Taxi, Transporte público, Tren |

La historia de mi amiga a la que me referí en el artículo anterior me hizo recordar que el año pasado, por una fortísima tormenta eléctrica –hasta un rayo cayó en la estación donde estaba– los trenes habían sido suspendidos por un par de horas. Cuando por fin anunciaron que el servicio se reanudaba, por el altavoz dijeron algo pertinente para los que íbamos hacia las estaciones finales de esa línea, pero no logré entender en parte por el cansancio, en parte por las deficiencias de mi japonés y otro tanto que no sabría si atribuirlo a que el hablante no sabía usar bien el micrófono o que el parlante sonaba como una chicharra vieja.

Recuerdo que me subí al tren y puse la alarma de mi teléfono para que vibrara cuando faltaran unos diez minutos para llegar a la última estación de la línea, pues tenía que tomar otro tren desde allí. Me dormí felizmente, pero a los pocos minutos otro pasajero me despertó para avisarme que ya habíamos llegado. Medio aturdido le dije que yo iba hasta hasta la última estación, pero el señor me aclaró que esa era la última parada de ese tren, pues no podía continuar debido a posibles árboles caídos en el trayecto. Me dijo que habían avisado por los parlantes que afuera nos esperarían autobuses que nos llevarían a las estaciones que faltaban en el trayecto. De camino al estacionamiento el señor me preguntó cual era mi destino y luego de escuchar mi respuesta me indicó que, al igual que él, debía tomar el bus número cinco, el cual iba para las últimas tres estaciones de la línea.

Después de lo que pareció una eternidad, al filo de la media noche el bus llegó a la estación en la que horas antes debí haber tomado otro tren. Los tres pasajeros que quedábamos nos bajamos y allí nos esperaban dos funcionarios de la compañía del tren. Yo les pregunté que me recomendaban hacer pues ya no había más trenes hacia mi destino. Ellos me indicaron que sabían cual era mi destino y que me iban a llamar un taxi. A pesar de mi experiencia en Japón, como tico no dejó de pasarme por la mente que yo no iba a pagar la fortuna que pudiese costar el viaje en taxi, así que haciendo el tonto mencioné que era muy tarde y pregunté por algún hotel que no fuera muy caro. El funcionario de la estación me dijo que no me preocupara, que a esa hora el viaje en taxi no sería muy largo.

Tres minutos más tarde, cuando llegó el taxi, el jefe de la estación habló con el taxista. Aunque no estaba lo suficientemente cerca para escuchar, vi que regañó al taxista por algo. El taxi se dio vuelta y se fue. El señor de la estación vino apresurado a pedir perdón por el contratiempo adicional, informándome que había sido necesario que el taxi regresara a su base pues había un pequeño problema sobre el que no elaboró.

El taxi apareció nuevamente, así que el jefe de la estación y su asistente se disculparon profusamente por hacerme esperar y porque su empresa no había hecho un buen manejo de las contingencias. Cuando me subí al taxi, el chofer me saludó cortésmente y se aseguró de confirmar cual era mi destino. Me preocupé un poco cuando vi que encendió la maría, pero no dije nada, estaba muy cansado por discutir en japonés.

El taxista era un señor mayor quien resultó ser bien simpático y hablantín. Cuando me preguntó de donde era, le contesté que de Costa Rica, un país pequeño en Centroamérica. Él inmediatamente tomó el hilo y dijo que el sabía algunas cosas de nuestro país. Hizo repaso de lo obvio, que no hay ejército, que es un país pacífico y neutral, que hay muchos parques nacionales. Me preguntó si la Asamblea Legislativa todavía estaba compuesta por 57 diputeados y si aún eran electos por lista cerrada. Ese último detalle me sorprendió mucho, así que le pregunté por qué sabía tanta minucia sobre un país tan pequeño y tan lejano. El taxista me contestó que él había sido maestro y director de secundaria. Ingenuamente comenté que debía ser duro trabajar el turno de la noche manejando taxi, pero el me respondió que se había acogido a una jubilación temprana y que ¡era taxista por placer!

Ante mi sorpresa (吃驚 –bikkuri), el taxista me dijo que de niño siempre soñó con ser taxista, pero que sus papás –quienes también habían sido maestros– lo habían empujado a estudiar y tener una profesión intelectual. Sin embargo, él nunca perdió el gusanillo y por eso se jubiló tan pronto como su hija menor se graduó de la universidad. Según su relato, le dijo a su esposa que se iba de Tokio a algún lugar cerca de las montañas a manejar un taxi, que le agradecería mucho su apoyo y su compañía, pero que él cumpliría sus sueños independientemente de lo que ella pensara.

También me dijo que él prefería trabajar por la noche porque, aparte de que hay menos tránsito y hace menos calor, los clientes nocturnos suelen ser más conversadores. Ante mi pregunta, me dijo que incluso los japoneses son clientes parlanchines cuando viajan por la noche en la compañía de un taxista y las estrellas.

Conforme viajábamos, yo no podía dejar de mirar la maría y de preocuparme por la posibilidad de que quizás yo no había entendido bien alguna cosa y me podría haber embarcado en un oneroso viaje. En algún momento le pregunté al taxista que problema hubo cuando llegó por primera vez a la estación. Me contestó que el jefe de la estación lo regañó porque andaba mal presentado, había olvidado la gorra de su uniforme. A mí me hizo gracia, pero él muy seriamente me dijo que el jefe de la estación tenía razón, la buena presentación es una cosa sagrada en el trabajo.

Cuando por fin llegamos a casa, el taxista oprimió un botón de la maría para imprimir un recibo. Apenas me lo dio me ha de haber visto cara de espanto, pues riéndose me dijo que solo lo tenía que firmar para confirmar que habíamos llegado y que la empresa del tren pagaría. La tarifa por ese viaje había llegado a poco más de ¥30.000 (unos ₡187.925,80). Yo le pregunté al chofer si no habría sido más barato para la empresa ferroviaria conseguirme una habitación en algún hotel cercano a la estación de tren desde donde tomé el taxi. El me dijo que por ser temporada baja se podían conseguir habitaciones por ¥7.000, incluso en un Ryokan (旅館 –hotel tradicional japonés), pero que la empresa no lo sugeriría porque sería presumir que puede disponer del tiempo del cliente, a quien probablemente le urge llegar a su destino dado que iba con un horario establecido.

Nos despedimos y el taxi se fue. Yo subí las gradas hacia mi apartamento solo para darme cuenta de que no portaba las llaves de la casa.

 

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