La policía y los extranjeros

3 de septiembre del 2009 | 2 comentarios | Policía, Seguridad |

A pesar de que los policías japoneses por lo general son buena gente y que la policía desde hace muchos años es una de las instituciones más respetadas y con mayor confianza del público japonés, entre ciertos sectores de la comunidad extranjera hay una gran fobia y desprecio hacia los tombos. Hay todo tipo de leyendas urbanas sobre como los policías nipones prácticamente pasan sus horas y días planeando como hostigar a los extranjeros que vivimos aquí.

A este tema aludí indirectamente en el artículo anterior, en el que mencioné como una amiga inicialmente no me había creído, una noche que andábamos perdidos, que podíamos solicitar ayuda policial. Mi amiga no me había creído porque ella había escuchado que los policías japoneses suelen tratar muy mal a los extranjeros. Yo le dije que esa no era mi experiencia ni la de mis amigos cercanos, que yo siempre busco una Kōban (交番 –caseta policial) cuando no encuentro una dirección y que no en vano en este país a los niños siempre se les inculca buscar a un policía si necesitan ayuda. De hecho, desde pequeños los japoneses aprenden a referirse a los policías, de manera afectiva, como omawarisan (お巡りさん –el honorable señor que da vueltas).

Ciertamente en Japón, como en cualquier parte del mundo, hay malos policías, pero son los menos. Independientemente de ello, le expliqué a mi amiga que una característica del cuerpo policial aquí es que la mayoría de sus miembros están allí por vocación y no porque no tenían otra salida. También le mencioné que la mayoría de las quejas en contra de los policías vienen de ciudadanos de cierto país occidental, quienes muchas veces sin saber como funcionan las autoridades policiales y migratorias de su propio país, consideran un atropello que la policía japonesa aleatoriamente le pida a un extranjero su tarjeta de identificación para verificar que está legalmente en el país.

Desde que vivo en Japón, en tres ocasiones me han pedido mi identificación. Siempre he sido tratado con cortesía al momento de la solicitud y siempre he recibido una disculpa por la molestia y el atraso luego de mostrar mis documentos. Tengo otros amigos que cuentan lo mismo. Incluso, tengo una amiga filipina, a quien luego de diez años de vivir aquí, una noche la ley Murphy le castigó por no portar su tarjeta de identificación. En su caso, tuvo que acompañar a los oficiales a la estación y esperar allí hasta que un familiar suyo le trajera sus documentos. Una vez que demostró que todo estaba en orden, se disculpó por su error, lo cual sirvió para que los policías le agradecieran su colaboración y se disculparan por las molestias que le causaron.

La persona con la que hablaba del tema no estaba convencida e insistió que indudablemente lo que le estaba relatando tenía que ser excepciones, pues de varios amigos había escuchado historias de agresión policial. Le pregunté si esos amigos eran de cierto país. Ella me contestó que todos. No solamente era lo que yo sospechaba, sino que también supe que, aunque todos aparentemente “sabían” de supuestas agresiones, ninguno de ellos personalmente había tenido problemas con la policía ni había sido testigo de las historias que contaban.

A esta amistad le mencioné que dentro de la comunidad de extranjeros hay un grupo que es el gran quejoso por excelencia en contra de la potestad policial de revisar documentos de identificación. Le conté que en la mayoría de los casos que supuestamente afectan a los miembros de ese grupo se termina por descubrir que estas personas, cuando un policía les pide los documentos, responden que no los pueden molestar porque son del país tal (en razón de ello más de uno se comporta como un tal por cual) y tratan de seguir su camino ignorando a los oficiales.

En esos casos lo usual es que los oficiales acompañen al transeúnte mientras continúan solicitando el documento de identificación. Casi siempre en algún momento la persona se rehúsa de mal modo, razón por la cual los oficiales le van a pedir que los acompañe a la estación. No hacer caso siempre resulta en que los oficiales se pongan al lado de la persona, la tomen del brazo y le digan que van para la estación. He aquí donde las cosas a veces empeoran. El “detenido” frecuentemente se zafa y exige que no le toquen. Hasta ahí todavía la cosa es salvable. No obstante, siempre hay algún tonto que, aparte de zafarse, le da un empujón al policía. Y cuando eso sucede, son otros cien pesos.

 

Sargento de la noche

3 de septiembre del 2009 | 3 comentarios | Corrupción, Costa Rica, Policía, Seguridad, Servicio al cliente, Tren, cortesía |

Anteayer, mientras leía el relato de Harol’s Blog sobre la manera indignante y alevosa en que fue tratado por la policía (que pareciera haberse contagiado de la bascosidad del gobierno), me acordé de una anécdota que había olvidado publicar y que es diametralmente opuesta a lo que le sucedió a Harol.

Hace un par de semanas varias amistades nos reunimos en Roppongi (六本木 ) para despedir de un amigo que se iba de Japón pues su familia en Indonesia le había ordenado colaborar con el manejo de la empresa familiar.

Luego de cenar, las mujeres del grupo querían ir a un club a bailar. Pero era una noche de mala suerte para ellas, pues tenían a todos los hombres equivocados en el grupo. Unos eran casados y por lo tanto, a pesar de que era noche de sábado, estaban pendientes de su horario al día siguiente. Otros simplemente no tenían interés en bailar, ni en no poder hablar por la bulla. Y prácticamente todos sin disposición alguna a pagar ¥7.000 (unos ₡44.600) por entrar a un club en donde la única cortesía es un cóctel en un vaso de 5 cm de alto y un diámetro de 3 mm. Como ya estábamos en un lugar bueno, bonito y barato en una noche inusual y agradablemente fresca, decidimos quedarnos allí pues de todos modos la conversación estaba entretenida.

Cuando llegó la hora de tomar el último tren de la noche cada uno tomó rumbo hacia la estación del metro que más le convenía. Una amiga centroeuropea y yo teníamos el mismo destino, pues ambos nos estábamos hospedando en la casa de una amiga que no nos acompañó en la noche pues es una hindú muy estricta. Aunque nuestro trayecto no era largo, teníamos que cambiar de tren dos veces.

Tan pronto como llegamos a la estación de Shinagawa (品川駅), corrimos para tomar el último tren a Shinbanba (新馬場), pero no lo logramos. Como solo estábamos a dos kilómetros de la casa de nuestra anfitriona, decidimos irnos a pie.


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Durante la caminata íbamos hablando de todo un poco mientras seguíamos la línea del tren desde la calle. En algún momento nos percatamos que llevábamos dos horas caminando y que no había indicios de la estación de Shinbanba. Mi amiga quería devolverse, pero yo la convencí de que eso no tenía sentido pues solamente volveríamos a Shinagawa y que lo importante era saber donde estábamos en relación con Shinbanba. Ella no quería caminar más sin un rumbo fijo, pero nuevamente insistí que lo que debíamos hacer era poner atención para cuando apareciera un mapa en alguna esquina o bien buscar una estación de policía.

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Luego de algunos minutos más de gastar suela, apareció una estación de tren. Como estábamos a un costado, buscamos un rótulo que nos indicara de cual estación se trataba. En esos momentos pude ver sobre la calle un rótulo que decía ciudad Ōsaki (大崎市). Con eso tuve claro que debía buscar la caseta policial, que no debía estar lejos de la estación.

A mi amiga no le hacía gracia la idea de ir a hablar con un policía, le preocupaba tener algún problema. Yo le dije que hasta donde yo sabía, en Japón no era delito estar perdido. Mi amiga me comentó que en muchas partes de Europa central la gente sigue desconfiando de las fuerzas del orden.

Cuando íbamos a entrar en la caseta policial me percaté de que el policía que estaba en la entrada, un señor mayor, le estaba dando un sermón a un tipo joven, quien asentía a lo que escuchaba. El lenguaje corporal del oficial me hizo pensar que no quería que le interrumpiera, así que le dije a mi amiga que esperáramos. Al instante salió otro policía, quien nos preguntó en qué nos podía servir. Le expliqué que estábamos perdidos y que necesitábamos ir a Shinbanba.


Caseta policial en Ōsaki, Tokio

«¿Shinbanba? Eso está un poco lejos, por lo que les aconsejaría que mejor vayan a algún café por aquí cerca y esperen a que salga el primer tren de la mañana. Por cierto, ¿de donde vienen?» El pobre hombre no pudo aguantarse la risa cuando le dijimos que veníamos de Shinagawa y nos conminó a pensar seriamente en ir a algún café.

Insistimos en que preferíamos caminar, por lo que el hombre le dijo al policía más joven de la estación, quien para ese entonces había salido de la caseta, que trajera los mapas de la zona. Mientras esperábamos, el oficial nos preguntó de cual país veníamos. A mi amiga le habló en ruso pensando que ella pertenecía a las generaciones que obligatoriamente aprendieron ese idioma. A mi solo me habló un poco en inglés, pero al menos sabía que Costa Rica es un país neutral (definitivamente la publicidad ha sido efectiva) y sin ejército.

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Cuando llegó el policía más joven, nuestro interlocutor le empezó a hablar en inglés y le dijo que nos explicara en ese idioma como llegar a nuestro destino. El jovenzuelo, muerto de la vergüenza y rojo como un tomate, contestó que eso era muy difícil para él. El oficial mayor le dio un leve empujón en el hombro, le quitó la gorra y le dio una suerte de cosco, diciéndole que se pusiera las pilas porque las promociones serían un poco más rápidas si sabía hablar bien al menos otro idioma.

Obviamente le tuve que preguntar al policía principal si había un requisito de aprender otros idiomas. Me señaló que desde hace algún tiempo la Agencia Nacional de Policía (警察庁) le pide a sus oficiales que “voluntariamente” aprendan otro idioma (y algo de geografía e historia de los países que lo hablan) para mejorar tanto la seguridad del pueblo japonés como los servicios que se brindan a la comunidad extranjera residente en Japón. Me mencionó que principalmente se recomienda que los policías aprendan inglés, español, portugués, chino, ruso, farsi y tagalo.

Luego de conversar un poco acerca de nuestras impresiones sobre Japón, los japoneses y lo difícil que es el idioma japonés, especialmente las reglas de cortesía y formalidad, le dije al omawarisan (お巡りさん –un término cariñoso que usa la gente cuando se dirige a un policía) que no le quería quitar más tiempo y que nos explicara como llegar a nuestro destino. El oficial hizo un último y vano intento de disuadirnos pues, según nos dijo, el camino tenía muchos recovecos. Nos pidió permiso de explicarnos en japonés y luego de repetir los pasos unas tres veces, se aseguró de que habíamos memorizado la ruta. No obstante, el policía más joven entró a la caseta y nos trajo un papel y lapicero para que tomáramos algunos apuntes.

Cuando omawarisan terminó de repasar los mapas con nosotros, le di las gracias a los policías por su amabilidad y su tiempo. Les pregunté por sus nombres. El más joven me dio el suyo. El mayor de los omawarisan, con una leve risa, dijo que él solamente era el “sargento de la noche” (サルジェントナイト –sarujento naito). Le dije que me sorprendía que trabajara en horario nocturno. Me contestó que a él le gustaba porque las personajes y situaciones más interesantes se dan en la noche. Hay extranjeros perdidos como nosotros y otros que necesitan descubrir que sus vidas en Japón no tienen por qué estar circunscritas a los trabajos de la noche y la ingle. Asimismo, hay jóvenes que deben recibir un recordatorio de que no deben permitirse el lujo de siquiera un pequeño descarrilamiento porque eso termina en una caída libre.

Mi amiga y yo nos despedimos de los oficiales y emprendimos nuestro camino. Mientras volábamos pata, mi amiga me comentó que si bien ella no me había creído que realmente podíamos acudir a la policía, le había fascinado la simpatía y el trato de los oficiales, el cual había sido totalmente distinto de lo que ella había escuchado sobre la policía japonesa.

Luego de otro largo trajinar, por fin llegamos a casa bien pasadas las cuatro de la madrugada (los trenes empiezan a las 5 am…). Horas más tarde, cuando le contábamos a nuestra anfitriona la aventura de la noche, mi amiga europea mencionó que se había soñado con el policía. Mi amiga hindú iba a preguntar por el sueño, pero el brillo en los ojos y la mirada pícara de la dama europea hablaban más que mil palabras sobre el sargento de la noche.

 




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