Tres bellas dan la hora
Hace un par de días me encontré con el Reloj de las bellas (美人時計: bijin-tokei). El sitio no indica cuál es su objetivo ni por que fue creado. Lo único que uno puede saber es que cada minuto aparece una mujer distinta dando la hora.
El sitio pertenece a una empresa de relaciones públicas, a la cual le envié un correo preguntando cual es el objetivo, pero me respondieron con mensaje genérico indicando que habían recibido mi mensaje y que tal vez contestarían por correo electrónico.
La curiosidad me impulsó a hacer una búsqueda pero lo único que he podido averiguar al momento de escribir es que supuestamente se trata de un proyecto de varios artistas que quieren resaltar la belleza de la gente común y corriente en Japón. Aún queda por ver si es cierto, pues las veces que he revisado siempre veo mujeres jóvenes, cuyas edades oscilan entre los 18 y los 28 años. Supuestamente habrá también un sitio resaltando la guapura de los varones.
Más allá de si realmente el objetivo únicamente es o no resaltar la belleza de los japoneses comunes y corrientes, me parece que es una idea muy interesante, sobre todo porque hoy por hoy los grandes medios globales promueven mundialmente una estandarización de la belleza según ciertos cánones occidentales.
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De esto no me caben dudas por dos razones. Primero, hace algunos meses leí un interesante reportaje sobre los éxitos recientes de las japonesas en Miss Universo, quienes ganaron la corona en el 2007 y el puesto de primera acompañante en el 2006. Según el reportaje desde hace algunos años se viene trabajando para que ser Miss Japón tenga prestigio internamente. Aparte de ello, el concurso aparentemente busca no solo mujeres altas, sino que tengan un aspecto apetecible a Occidente. Es quizás por eso que la prensa japonesa, aparte de mencionar el triunfo, no le prestó mayor atención a la corona del 2007. Adicionalmente, aún recuerdo que muchas amistades japonesas, tanto hombres como mujeres, me habían comentado que no les parecía que la muchacha ganadora fuera especialmente bonita o interesante.
La segunda razón tiene se debe a una amistad que trabaja en una empresa que tiene está en los sectores de cosméticos y farmacéutica. Esta persona me decía hace no mucho que una de sus luchas es por convencer a las japonesas de que los senos más grandes son mejores porque las convierte en mujeres más bonitas y atractivas. Aquí ha topado con dos estorbos. Uno de ellos, según mi amistad, es el “maldito legado del budismo”, el cual hace, entre otras cosas, que los japoneses solo tengan aquellas cirugías que sean estrictamente necesarias. El otro obstáculo es que como la mayoría de las japonesas tienen senos pequeños, las que son planas no se sienten acomplejadas porque la sociedad todavía no lo señala como algo que le quita atractivo a las mujeres.
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Tres bellas dan la hora
Como no ha sido fácil convencer a las japonesas, la empresa de mi amistad y otras han optado por lograr su meta trabajando otros ángulos. El más importante de ellos es convencer a los hombres japoneses de que la mujeres pechugonas no solo son más bonitas, sino más ardientes en la cama. Uno de los corolarios es que quien seduce o tiene una mujer pechugona es más hombre. Está de sobra decir que la lógica es que si logran un cambio importante en el gusto de los hombres, las mujeres gastarán buena plata en implantes y demás artificios. Según mi amistad, Japón es un mercado “vergonzoso” para su sector, pues la venta de implantes es simplemente risible si se toma en cuenta el nivel de ingresos de este país.
Vivimos en un mundo en el que muchas mujeres sufren de anorexia y bulimia. Por eso le pregunté a mi amistad, quien tiene tres hijas pequeñas, si podía dormir tranquila por la noche, si no le preocupaba que sus niñas, al llegar a la adolescencia, se convirtieran en parte de lo que pareciera ser el creciente número de jovencitas que sufren esas enfermedades y otras más por la presión de tener cuerpos perfectos. Mi amistad se encogió de hombros y me dijo que es responsabilidad de los padres criar a sus hijas para que puedan sobrevivir en un mundo que no solo es difícil, sino a veces también cruel.
Es en razón de lo anterior que, aún sin saber cuál es el motivo real del Reloj de las bellas, por hoy y por el momento, celebro que este sitio realce la belleza de las mujeres comunes y corrientes. Aunque quizás deberían pensar en referirse a ellas tan solo como mujeres naturales.
Hace un par de días el pez dorado de mi hija se enfermó. A pesar de que mi esposa estuvo haciendo lo posible por que el pez recobrara su salud, preparamos a la niña para la posible muerte de su mascota, que eventualmente sucedió.
En los días previos a la defunción del pez, mi hija estuvo de visita en la casa de una pareja vecina que no tuvo hijos y que la ha adoptado como nieta postiza. Mientras hablaba con ellos les contó que estaba un poco triste porque su pez se iba a morir. Ojiichan (お祖父ちゃん –abuelito) le dijo que el le iba a hacer una tumba en su huerto para que “Kinta” (el pez) estuviera rodeado de plantas y flores y mi hija lo pudiera visitar cuando quisiera. A mi hija le gustó la idea y fueron al huerto y escogieron donde sería sepultado el pez.
Cuando por fin el pez murió mi hija no lloró, estaba triste pero dijo que lo iba a tener cerca y que además Kinta iba estar feliz en el huerto de ojiichan. Así que llamamos al vecino, quien él inmediatamente vino y recibió los restos mortales del pez con gran solemnidad. Junto con el abuelo salimos todos al “funeral” de Kinta. Mi hija y ojiichan lo enterraron juntos.
Luego de la sepultura mi hija entró en un gran silencio y no tenía ánimo de hablar. Solamente le dio las gracias a su abuelo postizo por su amabilidad y pidió volver a casa. Ya en nuestro apartamento le dijimos que entendíamos y era normal estar triste por la pérdida del pez, pero que sería saludable hablar de lo que sentía. Ella respondió que no estaba triste por el pez, pues se le había cuidado lo mejor que se pudo y simplemente no le logró salvar la vida. Además, se le había hecho un bonito funeral (el abuelo dio un discurso sobre como fue un buen pez). Entonces hubo que hacerle la pregunta obvia: ¿por qué tan callada? Ella respondió que estaba molesta con ojiichan pero que no había dicho nada afuera porque él había hecho el funeral y había dado el espacio para la tumba de Kinta.
Obviamente sorprendidos y francamente desconcertados le preguntamos qué razón podría tener para estar molesta con ojiichan. Ella, con tono serio pero reflexivo nos dijo que no entendía por qué si ojiichan era tan buena gente había insultado la tumba de Kinta. Siguió su explicación señalando que su pez nunca había molestado a nadie y que los peces no lastiman a los humanos; por eso no entendía como el abuelo podía cavar una tumba, dar un bonito discurso en las honras fúnebres del pez y aún así ofender la memoria del pez.
Aún más perplejos, le preguntamos cuál era la ofensa a la memoria del pez. Mi hija, molesta con la pregunta nos espetó: «¿Cómo no pueden saber? ¿No vieron la tumba? ¡Dice que mi pez era malo!». Ante la falta de claridad, no se si fue la mamá o yo quien se disculpó por no poner la debida atención, pero le pedimos que nos explicara exactamente cual era la ofensa para hablar con ojiichan, pues estábamos seguros de que él se disculparía por cualquier equivocación que hubiese cometido.
Mi hija nos dijo que ella no entendía por qué el abuelo lo había puesto a la tumba “batsu”. Fue necesario hacer un esfuerzo sobrehumano para contener la risa. En japonés batsu significa malo o equivocado y es común que se denote con una equis. El abuelo había puesto una cruz en la tumba, que me hija interpretó como “batsu”. Aguantando las ganas de reírnos, le explicamos que ojiichan puso esa marca como señal de respeto, pero mi hija interrumpió recordándonos el significado de la equis. Le pedimos la oportunidad de explicar y procedimos a decirle que ojiichan había supuesto que por haber nacido ella en Costa Rica y por tener un papá tico ella probablemente era cristiana y por respeto a lo que él pensó que eran nuestras creencias decidió poner la “equis” en la tumba de Kinta.
No muy convencida de nuestra explicación nos preguntó qué era un cristiano. Así que le explicamos, lo mejor que pudimos, lo que el cristianismo sostiene como creencias principales. No se si nuestra explicación fue buena o mala, pero la niña nos dijo que era un cuento que no tenía sentido –sobre todo en relación con la muerte de Kinta– y que seguía sin entender por qué el abuelo pudo suponer que un adulto creería que un cuento de esos es la realidad.
Yo no quería alargar la conversación, pues es un tema muy complejo de explicar de manera lógica, aparte de que mi hija no ha tenido ningún tipo de formación religiosa que la predisponga a creer en ese tipo de cosas. Así que me decidí por lo más fácil que se me vino a la mente. Le dije que los cristianos son como algunos amiguitos de ella en el kínder, personas que creen tener un amigo invisible con el que hablan de vez en cuando. Mi hija pareció entender y me dijo: «ah, entonces le hablan para sentirse bien, pero saben que es un juego, que el amigo no existe». Para no extender más el tema, le dije que sí, que los cristianos, muy en sus adentros, saben que su amigo invisible es solo una ficción para sentirse mejor. Con esta explicación la niña se quedó tranquila.
Al día siguiente ella fue a visitar a sus abuelos postizos. De su propia iniciativa decidió explicarle a ojiichan por qué ella había estado tan callada el día anterior y se disculpó por haberse molestado con él y no haberle dicho. El abuelo le dijo que no había problema y la culpa era de él por suponer que la familia de nosotros tenía alguna filiación religiosa. Ambos quedaron en paz y contentos.
Contenta con todo, mi hija le pidió un pequeñísimo favor a ojiichan: que quitara de la tumba de Kinta la señal de “batsu”.