Una visita inesperada

22 de julio del 2009 | Comente aquí | Normas sociales, Pifias, Salud a domicilio, Sector de servicios, Sexo |

Anoche fue una de esas noches en que uno no duerme bien por causas ajenas a uno. Yo estaba trabajando en un documento cuando alrededor de las dos de la madrugada mi hija se levantó para decirme que durmiera a su lado. Tal vez tuvo una pesadilla porque se acurrucó como si fuera una estampilla, sujetando mi mano con la suya y poniendo una pierna sobre mi.

Cada vez que creía que estaba dormida, me corría un poco, pero ella inmediatamente se movía también. Así que terminé todo apretujado entre ella, sus peluches y la pared. Me costó dormirme, pero al fin de cuentas logré conciliar un liviano sueño que pronto sería interrumpido.

Me desperté cuando escuché el timbre de algún apartamento vecino, luego el de otro. Después sonó el del apartamento del lado y por último del nuestro. No me levanté pues no quería despertar a la niña y porque supuse que si se trataba de alguna emergencia la persona del otro lado de la puerta volvería a timbrar y hablaría en voz alta. Por un instante pensé que podía ser la policía, pero rápidamente lo descarté porque en caso de una emergencia habrían llegado con la sirena encendida y primero habrían dado un aviso por altoparlante. Luego pensé que probablemente algún cristiano incuerdo había tomado la mala decisión de hacer propaganda en una hora en la que podría arrinconar a sus víctimas sin que éstas pudiesen quitarse el tiro con cortesía aduciendo que estaban por salir.

Mientras hacía cábalas sobre quien podría estar tocando todos los timbres en plena madrugada, pude escuchar ruidos similares a los de un sistema de radio y una voz que susurraba. Entonces decidí ver como me zafaba del candado en el que me tenía atrapado mi hija sin despertarla. Pero antes de lograr moverme mi esposa se levantó como un rayo y fue a abrir la puerta. Apenas alcancé a oír que hablaba con otra mujer, pero por la voz baja de de ambas, no logré saber sobre que conversaron; únicamente pude escuchar que la tocadora de timbres se disculpó cortésmente por habernos molestado a deshoras y que mi esposa le dijo que no se preocupara (aunque en mis adentros estaba seguro que la doña probablemente la quería descabezar). En ese momento concluí que seguramente si se trató de alguna hermana separada, pues sus congéneres tienen cierta reputación de brincarse, en razón de su procacidad proselitista, las normas de cortesía japonesas.

Mi hija se despertó por el ruido y pidió que la llevara al baño. Cuando la alcé preguntó por la ubicación de su mamá. Cuando llevaba a mi hija al baño vi que mi esposa estaba frente a la ventana que da al estacionamiento y con vista al resto de edificaciones del lugar en que vivimos, en franca pose de ninja asesina. Luego de de que mi hija terminó sus necesidades, fuimos a ver que vigilaba la ninja de la casa y preguntarle que había pasado. La doña, que bufaba en silencio, me dijo que ella había pensado en no levantarse, pero que lo hizo por si acaso era la policía con algún aviso urgente. Cuando abrió la puerta se encontró con una trabajadora del sexo, de lo que aquí llaman “deriheru” (デリヘル), una contracción “deribariiherusu” (デリバリーヘルス, o “salud a domicilio”). La trabajadora tenía que ir al apartamento 201, pero no sabía que en cada uno de los cuatro edificios hay un 201A y un 201B; es decir, ocho apartamentos posibles.

Mi esposa estaba furiosa no solo por la despertada, sino porque a la joven trabajadora no le dio el maní para comunicarse primero con su oficina y verificar cual apartamento era el de su cliente. También le pareció que no era una empresa seria, pues no se cuidaron de que su empleada no fuese una molestia para otras personas. Le pregunté por qué seguía en guardia y con mirada quemante me dijo que quería saber quien era el tonto irresponsable que contrató un servicio sin dar los suficientes detalles para evitarles molestias a los demás. Yo le dije que el cliente no iba a ser tan baboso de echarse solo al agua, pero a los tres minutos el vecino del lado salió apresuradamente, se subió a su carro y desapareció por unos diez minutos.

Cuando el vecino regresó, subió las gradas quejándose de su mala suerte. Lo más probable es que haya tenido que pagar el servicio que no pudo consumir (y consumar).

 

Recordado por culpa de la hija

8 de julio del 2009 | 1 comentario | Niños, Normas sociales, Pifias |

Hace dos días fuimos a cenar a un restaurante al que ocasionalmente vamos cuando queremos comer algo relativamente bien hecho a un precio razonable. Por ser un lugar con una clientela grande y que pasa prácticamente lleno a todas horas, me sorprendió que la recepcionista nos reconociera y dijera que la mesa que más nos gusta estaría pronto disponible.

A mi esposa también le pareció raro y aunque por un momento pensamos que podrían habernos recordado por ser una familia mixta, lo descartamos pues en ese establecimiento están acostumbrados a ver extranjeros y sus familias japonesas. Luego, al regresar a la casa, nos cayó la peseta que la anfitriona se acordaba de nosotros porque por culpa de nuestra hija una vez se le cayó la máquina que registra los pagos por tarjeta de crédito.

Es una regla universal que los niños pequeños tienen una enorme capacidad para hacer comentarios inoportunos en el peor de los momentos. Mi vástago no es la excepción. Hace no mucho tiempo se las ingenió para crear una de esas situaciones que en cualquier sociedad ponen a todo el mundo incómodo, pero aún más en Japón, en donde la discreción es muy importante.

En este país no es raro que las tiendas y los restaurantes tengan baños unisex. El restaurante de este relato es uno de esos lugares. La última vez que habíamos visitado, hace ya varios meses, mi hija necesitó que la acompañara al baño. Luego de hacer sus necesidades pasamos a que se lavara las manos en el lavatorio que está afuera del baño. Mientras estábamos en eso, oímos cerrarse la puerta corrediza del baño. Mi hija me preguntó si sabía quien había entrado. Yo le respondí que eso no era importante. Ella insistió en que quería saber. Yo le dije que no sabía mientras le terminaba de lavarle y secarle las manos.

Cuando empezamos a caminar para regresar a la mesa, tan pronto estuvo al lado de la puerta del baño mi hija la abrió de par en par y a todo galillo anunció: “papá vea, ¡ese señor está orinando! Yo cerré la puerta inmediatamente y me di cuenta que si bien el ocupante le había puesto llave, no tuvo el cuidado de que el llavín enganchara bien. Estaba empezando a decirle que eso no se hacía, pero antes de poder agarrarle la mano mi hija se devolvió, abrió nuevamente la puerta y otra vez a todo galillo hizo una nueva observación: “¡tiene una pipí chiquitilla!” (おちんちんが小っちゃい! –literalmente: su honorable pene es diminuto!). Le tomé la mano firmemente y apresuradamente me devolví al recinto donde estábamos por comer.

Si bien yo soy un comedor lento, ese día mastiqué aún más despacio de lo normal y hasta pedí postre y café para no toparme al pobre tipo. Pero la ley de Murphy nunca falla. Cuando terminamos de comer nos dirigimos a la caja para pagar. Había una corta fila y ¿quién más podría aparecer detrás mío? Me disculpé discretamente del señor y éste sonrientemente me dijo que no había problema. Su esposa le preguntó si mi hija era la niña que lo vio en el baño y nada más le ofreció un cumplido a la enana. Yo creí que me había preocupado por nada, pero estaba totalmente equivocado…

Mientras esperábamos para pagar, mi hija empezó a decirme que el tipo que estaba detrás mío en la fila era el señor del baño. No le presté atención. Pero ella insistió en que era el señor del pene diminuto. Ya molesto y justo cuando le había entregado mi tarjeta de crédito a la cajera le dije a mi hija que esas cosas no se dicen. Ella me miró con cara de desconcierto y me increpó: “usted me ha dicho que uno no debe decir mentiras, yo no estoy mintiendo, yo lo vi, la tiene chiquitilla. Como la de mis compañeros en el kínder”. Ahí ya no supe que decir y preferí enfocarme en pagar, pero a la cajera se le cayó mi tarjeta, luego se los dedos se le hicieron un nudo y terminó por botar la máquina. Mientras se disculpaba por su torpeza era obvio que ella no sabía hacia donde dirigir la mirada. Cuando por fin pude pagar, preferí no volver a la pobre víctima de los comentarios de la niña, pues ya no había excusa que valiera.

Luego de ese incidente guardamos la distancia de ese restaurante por varios meses, pero tal parece que no nos han olvidado.

 

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