Ya no soy un delincuente
29 de octubre del 2009 | 4 comentarios | Japón, Migración, Seguridad |
Hace unas semanas tenía que hacer una fotocopia de mi pasaporte para algunos trámites. Cuando pasé a la página de mi visa japonesa me di cuenta que esta había caducado el día anterior. Yo había pensado que vencía en noviembre porque tenía la idea de que vencía exactamente 3 años después de la fecha de emisión.
Entré al sitio del servicio de migración de Japón para ver que documentación debía aportar para renovar mi visa conyugal (配偶者ビザ). Luego de revisar el sitio, llamé a la oficina de migración en Shinagawa (la principal) para corroborar que la información del sitio estaba al día. Cuando le expliqué a la funcionaria que amablemente me atendió que había apuntado mal la fecha de vencimiento, ella cortésmente por con tono grave y serio me dijo que debía arreglar condición migratoria cuanto antes, pues a partir del momento en que la visa caducó era susceptible de ser deportado. Yo le indiqué que entendía y que era mi intención poner mi situación en orden lo más pronto posible. Ella me aclaró con un dejo de enojo que me aconsejaba encarecidamente que debía arreglar mi situación inmediatamente pues estar con la visa vencida es simplemente estar sin visa, lo cual significa que estaba ilegalmente en el país, en violación del ordenamiento jurídico japonés y por ende en una situación criminal. También me indicó que debía aportar una carta explicando cuidadosamente por qué había dejado que se me venciera la visa y por qué merecía una nueva visa.
En el par de días que me tomó tener todos los documentos listos estuve leyendo varios foros de extranjeros que residen en Japón sobre renovaciones de visas y casos similares al mío. Me sorprendió leer que efectivamente en Japón no es extraño que deporten a una persona a la que se le haya vencido la visa conyugal, independientemente de que tenga varios años de casado y hasta niños. El que uno tenga familia no quita que uno sea un huésped del país, el cual se reserva el derecho de admisión.
El día que fui a migración me puse mi mejor cara de chavalo pura vida y me aseguré que mi carta explicativa fuera profusamente apologética y cantadora de las alabanzas a Japón. Tuve que acudir a dos ventanillas. En la segunda tuve que esperar unos 20 minutos mientras revisaban mis documentos, mis loas al sol naciente y contestaba algunas preguntas redundantes sobre el por qué de mi pifia y mi deseo imperecedero de tener el honor y privilegio de tener la visa japonesa. En total el trámite no duró más de 35 minutos.
Cuando ya había contestado todas las preguntas, el muy atento oficial de migración me dijo que me esperara. Volvió con una hoja que estaba escrita a renglón pegado con una lista de todos los documentos imaginables que podrían pedir (no incluía prueba de ADN). Me pidió copias certificadas de mi declaración tributaria más reciente y un certificado de notas de donde me hubiese educado más recientemente. Lo segundo me pareció extraño, pero no dije nada. No obstante, le pregunté sobre cuanto es el máximo de documentos que llegan a pedir, pues la lista era enorme. El me contestó que hay algunos casos en los que piden absolutamente todos los documentos que aparecen en la kilométrica lista.
Cuando por fin estuvo lista mi visa (exactamente el día que me habían indicado previamente) fui nuevamente a Shinagawa. Mientras esperaba que llamaran el número de mi ficha, estuve observando a otros extranjeros. No faltó el occidental pedante que se molestó porque lo citaron para decirle que su visa había sido denegada y que tenía tantos días para hacer maletas. Pero también hubo gente interesante. Hubo dos señores que esperaban taciturnos a que los llamaran. Cuando les entregaron sus pasaportes empezaron a brincar, abrazarse y besarse de felicidad porque les habían renovado la visa por 3 años. A mí me pareció una reacción un poco exagerada hasta que pasaron al frente mío y pude ver que tenían pasaportes iraníes. Definitivamente me hizo ver las cosas que uno da por sentado, para otros son un privilegio. Incluso la visa japonesa. De paso, dejé de ver mi situación como un caso cómico de torpeza y me alegré de que ya no soy un delincuente.
