El valor de la paz
4 de mayo del 2010 | 4 comentarios | Camboya, Guerra, Jemeres Rojos, Paz, Pol Pot |
Camboya es un país que aún está lejos de sanar las heridas de su violento pasado reciente. La gente vive con un gran miedo de que pueda volver a repetirse el horror de Pol Pot y sus jemeres rojos. Incluso las generaciones nacidas con posterioridad al régimen genocida viven con ese miedo. Y es por ese miedo que es difícil que los camboyanos den una opinión clara sobre casi cualquier cosa, por trivial que sea.
En Camboya todos evitan hablar de la época de los jemeres rojos o de la guerra posterior a la invasión vietnamita de 1978. No obstante, hace unos días tuve una breve y sorpresiva conversación con un señor que siempre me ha dado la impresión de tener una enorme auto confianza de esas que solo tienen quienes han vivido cosas extremadamente duras.
En un momento un tanto espontáneo me dijo que solo quien ha tenido que vivir de lo que produce la selva entiende el valor de la paz. Otro señor que nos acompañaba interrumpió y señaló que el primero se había pasado 16 años comiendo frutas y uno que otro animal en la selva. Por precaución solo respondí con un inocuo “debe haber sido una época terriblemente dura”. El señor en cuestión sonrió y me dijo que sabía lo que yo quería preguntar. Entonces me contó que pasó todo ese tiempo peleando contra los jemeres rojos.
Yo, jugando aún a la cautela, le dije que la gente que vive en sociedades que han gozado de paz por mucho tiempo a veces no la saben valorar más allá de una forma abstracta. El soltó una risa y me dijo que no fueron los años de pelea en sí los que le recordaron valor de la paz. Tampoco fueron los muertos que vio ni las hambres que vivió.
Fue un amigo quien le recordó el valor de la paz. Un día mientras patrullaban su compañero pisó una mina anti personal que le amputó una pierna. Mientras su amigo estaba en cirugía (lo que así se pueda llamar en una zona de guerra donde los médicos, muchas veces empíricos, operaban sin mayores herramientas) y luego yacía inconciente, él se preguntaba y preocupaba por la enorme depresión en que su compañero caería al despertar sin una de sus piernas.
El señor con el que hablaba me contó que cuando su amigo despertó y se vio amputado se llenó de felicidad. «¿Cómo es eso posible?» le pregunté antes de que pudiera continuar su relato. Su amigo estaba feliz porque no tendría que volver a pelear, por no tener que temer ser capturado por los jemeres rojos y sufrir torturas y quizás una muerte sumamente lenta y dolorosa.
Esas poderosas razones, sin embargo, no eran la principal causa de su felicidad. Su felicidad emanaba de saber que su familia lo visitaría para llevárselo a casa.
