Mi hija tiene una gran afinidad por
Ultraman, especialmente los ocho hermanos (Ultraman, Ultra Siete, Jack, Gaia, Mebius, Ace, Dyna, Tiga). Gracias a ella hija he aprendido que, a pesar de todos sus poderes, no es fácil ser Ultraman.
Cuando jugamos con sus muñecos de los hermanos ultra, hay una clara rutina. Aparecen algunos monstruos muy decididos a destruir Tokio y después de allí todo lo que les quede en el camino. Los ultras pelean, son golpeados y reciben descargas de algún tipo de rayo. Aunque casi son vapuleados, al final se sobreponen y unen esfuerzos para derrotar a los monstruos del día.
Uno pensaría que finalizada la pelea, los hermanos ultra podrían descansar, quizás tomarse su merecida siesta. Para su mala suerte, no es así. Luego de pelear tienen que ir al kínder, leer y pintar. Luego de las clases van a jugar al parque antes de regresar a casa para cenar. Terminada la cena, durante la cual usualmente se recuerdan la importancia de comer pescado, vegetales y tomarse la sopa para mantenerse fuertes y valientes, se divierten con algún juguete por un rato, aunque pronto tiene que guardarlos porque deben tener sus cosas en orden antes de bañarse todos juntos en la tina.
En la bañera, los hermanos discuten las labores del día, especialmente lo difícil que fueron las peleas con los monstruos. Curiosamente, durante esta discusión todos se agradecen mutuamente y se reparten cumplidos por haberse ayudado durante le batalla, la cual indudablemente habría sido imposible de ganar sin trabajar en equipo.
Cuando termina el baño entre todos preparan la cama y discuten la importancia de acostarse temprano y descansar lo suficiente porque el día siguiente traerá nuevas batallas, más estudio y posiblemente alguna situación imprevista. Deciden el orden en el que van a acostar y se duermen tomados de la mano.
No es fácil ser Ultraman.

Hace un par de días el pez dorado de mi hija se enfermó. A pesar de que mi esposa estuvo haciendo lo posible por que el pez recobrara su salud, preparamos a la niña para la posible muerte de su mascota, que eventualmente sucedió.
En los días previos a la defunción del pez, mi hija estuvo de visita en la casa de una pareja vecina que no tuvo hijos y que la ha adoptado como nieta postiza. Mientras hablaba con ellos les contó que estaba un poco triste porque su pez se iba a morir. Ojiichan (お祖父ちゃん –abuelito) le dijo que el le iba a hacer una tumba en su huerto para que “Kinta” (el pez) estuviera rodeado de plantas y flores y mi hija lo pudiera visitar cuando quisiera. A mi hija le gustó la idea y fueron al huerto y escogieron donde sería sepultado el pez.
Cuando por fin el pez murió mi hija no lloró, estaba triste pero dijo que lo iba a tener cerca y que además Kinta iba estar feliz en el huerto de ojiichan. Así que llamamos al vecino, quien él inmediatamente vino y recibió los restos mortales del pez con gran solemnidad. Junto con el abuelo salimos todos al “funeral” de Kinta. Mi hija y ojiichan lo enterraron juntos.
Luego de la sepultura mi hija entró en un gran silencio y no tenía ánimo de hablar. Solamente le dio las gracias a su abuelo postizo por su amabilidad y pidió volver a casa. Ya en nuestro apartamento le dijimos que entendíamos y era normal estar triste por la pérdida del pez, pero que sería saludable hablar de lo que sentía. Ella respondió que no estaba triste por el pez, pues se le había cuidado lo mejor que se pudo y simplemente no le logró salvar la vida. Además, se le había hecho un bonito funeral (el abuelo dio un discurso sobre como fue un buen pez). Entonces hubo que hacerle la pregunta obvia: ¿por qué tan callada? Ella respondió que estaba molesta con ojiichan pero que no había dicho nada afuera porque él había hecho el funeral y había dado el espacio para la tumba de Kinta.
Obviamente sorprendidos y francamente desconcertados le preguntamos qué razón podría tener para estar molesta con ojiichan. Ella, con tono serio pero reflexivo nos dijo que no entendía por qué si ojiichan era tan buena gente había insultado la tumba de Kinta. Siguió su explicación señalando que su pez nunca había molestado a nadie y que los peces no lastiman a los humanos; por eso no entendía como el abuelo podía cavar una tumba, dar un bonito discurso en las honras fúnebres del pez y aún así ofender la memoria del pez.
Aún más perplejos, le preguntamos cuál era la ofensa a la memoria del pez. Mi hija, molesta con la pregunta nos espetó: «¿Cómo no pueden saber? ¿No vieron la tumba? ¡Dice que mi pez era malo!». Ante la falta de claridad, no se si fue la mamá o yo quien se disculpó por no poner la debida atención, pero le pedimos que nos explicara exactamente cual era la ofensa para hablar con ojiichan, pues estábamos seguros de que él se disculparía por cualquier equivocación que hubiese cometido.
Mi hija nos dijo que ella no entendía por qué el abuelo lo había puesto a la tumba “batsu”. Fue necesario hacer un esfuerzo sobrehumano para contener la risa. En japonés batsu significa malo o equivocado y es común que se denote con una equis. El abuelo había puesto una cruz en la tumba, que me hija interpretó como “batsu”. Aguantando las ganas de reírnos, le explicamos que ojiichan puso esa marca como señal de respeto, pero mi hija interrumpió recordándonos el significado de la equis. Le pedimos la oportunidad de explicar y procedimos a decirle que ojiichan había supuesto que por haber nacido ella en Costa Rica y por tener un papá tico ella probablemente era cristiana y por respeto a lo que él pensó que eran nuestras creencias decidió poner la “equis” en la tumba de Kinta.
No muy convencida de nuestra explicación nos preguntó qué era un cristiano. Así que le explicamos, lo mejor que pudimos, lo que el cristianismo sostiene como creencias principales. No se si nuestra explicación fue buena o mala, pero la niña nos dijo que era un cuento que no tenía sentido –sobre todo en relación con la muerte de Kinta– y que seguía sin entender por qué el abuelo pudo suponer que un adulto creería que un cuento de esos es la realidad.
Yo no quería alargar la conversación, pues es un tema muy complejo de explicar de manera lógica, aparte de que mi hija no ha tenido ningún tipo de formación religiosa que la predisponga a creer en ese tipo de cosas. Así que me decidí por lo más fácil que se me vino a la mente. Le dije que los cristianos son como algunos amiguitos de ella en el kínder, personas que creen tener un amigo invisible con el que hablan de vez en cuando. Mi hija pareció entender y me dijo: «ah, entonces le hablan para sentirse bien, pero saben que es un juego, que el amigo no existe». Para no extender más el tema, le dije que sí, que los cristianos, muy en sus adentros, saben que su amigo invisible es solo una ficción para sentirse mejor. Con esta explicación la niña se quedó tranquila.
Al día siguiente ella fue a visitar a sus abuelos postizos. De su propia iniciativa decidió explicarle a ojiichan por qué ella había estado tan callada el día anterior y se disculpó por haberse molestado con él y no haberle dicho. El abuelo le dijo que no había problema y la culpa era de él por suponer que la familia de nosotros tenía alguna filiación religiosa. Ambos quedaron en paz y contentos.
Contenta con todo, mi hija le pidió un pequeñísimo favor a ojiichan: que quitara de la tumba de Kinta la señal de “batsu”.
