Camboya es un país que aún está lejos de sanar las heridas de su violento pasado reciente. La gente vive con un gran miedo de que pueda volver a repetirse el horror de Pol Pot y sus jemeres rojos. Incluso las generaciones nacidas con posterioridad al régimen genocida viven con ese miedo. Y es por ese miedo que es difícil que los camboyanos den una opinión clara sobre casi cualquier cosa, por trivial que sea.
En Camboya todos evitan hablar de la época de los jemeres rojos o de la guerra posterior a la invasión vietnamita de 1978. No obstante, hace unos días tuve una breve y sorpresiva conversación con un señor que siempre me ha dado la impresión de tener una enorme auto confianza de esas que solo tienen quienes han vivido cosas extremadamente duras.
En un momento un tanto espontáneo me dijo que solo quien ha tenido que vivir de lo que produce la selva entiende el valor de la paz. Otro señor que nos acompañaba interrumpió y señaló que el primero se había pasado 16 años comiendo frutas y uno que otro animal en la selva. Por precaución solo respondí con un inocuo “debe haber sido una época terriblemente dura”. El señor en cuestión sonrió y me dijo que sabía lo que yo quería preguntar. Entonces me contó que pasó todo ese tiempo peleando contra los jemeres rojos.
Yo, jugando aún a la cautela, le dije que la gente que vive en sociedades que han gozado de paz por mucho tiempo a veces no la saben valorar más allá de una forma abstracta. El soltó una risa y me dijo que no fueron los años de pelea en sí los que le recordaron valor de la paz. Tampoco fueron los muertos que vio ni las hambres que vivió.
Fue un amigo quien le recordó el valor de la paz. Un día mientras patrullaban su compañero pisó una mina anti personal que le amputó una pierna. Mientras su amigo estaba en cirugía (lo que así se pueda llamar en una zona de guerra donde los médicos, muchas veces empíricos, operaban sin mayores herramientas) y luego yacía inconciente, él se preguntaba y preocupaba por la enorme depresión en que su compañero caería al despertar sin una de sus piernas.
El señor con el que hablaba me contó que cuando su amigo despertó y se vio amputado se llenó de felicidad. «¿Cómo es eso posible?» le pregunté antes de que pudiera continuar su relato. Su amigo estaba feliz porque no tendría que volver a pelear, por no tener que temer ser capturado por los jemeres rojos y sufrir torturas y quizás una muerte sumamente lenta y dolorosa.
Esas poderosas razones, sin embargo, no eran la principal causa de su felicidad. Su felicidad emanaba de saber que su familia lo visitaría para llevárselo a casa.
Hace unas semanas tenía que hacer una fotocopia de mi pasaporte para algunos trámites. Cuando pasé a la página de mi visa japonesa me di cuenta que esta había caducado el día anterior. Yo había pensado que vencía en noviembre porque tenía la idea de que vencía exactamente 3 años después de la fecha de emisión.
Entré al sitio del servicio de migración de Japón para ver que documentación debía aportar para renovar mi visa conyugal (配偶者ビザ). Luego de revisar el sitio, llamé a la oficina de migración en Shinagawa (la principal) para corroborar que la información del sitio estaba al día. Cuando le expliqué a la funcionaria que amablemente me atendió que había apuntado mal la fecha de vencimiento, ella cortésmente por con tono grave y serio me dijo que debía arreglar condición migratoria cuanto antes, pues a partir del momento en que la visa caducó era susceptible de ser deportado. Yo le indiqué que entendía y que era mi intención poner mi situación en orden lo más pronto posible. Ella me aclaró con un dejo de enojo que me aconsejaba encarecidamente que debía arreglar mi situación inmediatamente pues estar con la visa vencida es simplemente estar sin visa, lo cual significa que estaba ilegalmente en el país, en violación del ordenamiento jurídico japonés y por ende en una situación criminal. También me indicó que debía aportar una carta explicando cuidadosamente por qué había dejado que se me venciera la visa y por qué merecía una nueva visa.
En el par de días que me tomó tener todos los documentos listos estuve leyendo varios foros de extranjeros que residen en Japón sobre renovaciones de visas y casos similares al mío. Me sorprendió leer que efectivamente en Japón no es extraño que deporten a una persona a la que se le haya vencido la visa conyugal, independientemente de que tenga varios años de casado y hasta niños. El que uno tenga familia no quita que uno sea un huésped del país, el cual se reserva el derecho de admisión.
El día que fui a migración me puse mi mejor cara de chavalo pura vida y me aseguré que mi carta explicativa fuera profusamente apologética y cantadora de las alabanzas a Japón. Tuve que acudir a dos ventanillas. En la segunda tuve que esperar unos 20 minutos mientras revisaban mis documentos, mis loas al sol naciente y contestaba algunas preguntas redundantes sobre el por qué de mi pifia y mi deseo imperecedero de tener el honor y privilegio de tener la visa japonesa. En total el trámite no duró más de 35 minutos.
Cuando ya había contestado todas las preguntas, el muy atento oficial de migración me dijo que me esperara. Volvió con una hoja que estaba escrita a renglón pegado con una lista de todos los documentos imaginables que podrían pedir (no incluía prueba de ADN). Me pidió copias certificadas de mi declaración tributaria más reciente y un certificado de notas de donde me hubiese educado más recientemente. Lo segundo me pareció extraño, pero no dije nada. No obstante, le pregunté sobre cuanto es el máximo de documentos que llegan a pedir, pues la lista era enorme. El me contestó que hay algunos casos en los que piden absolutamente todos los documentos que aparecen en la kilométrica lista.
Cuando por fin estuvo lista mi visa (exactamente el día que me habían indicado previamente) fui nuevamente a Shinagawa. Mientras esperaba que llamaran el número de mi ficha, estuve observando a otros extranjeros. No faltó el occidental pedante que se molestó porque lo citaron para decirle que su visa había sido denegada y que tenía tantos días para hacer maletas. Pero también hubo gente interesante. Hubo dos señores que esperaban taciturnos a que los llamaran. Cuando les entregaron sus pasaportes empezaron a brincar, abrazarse y besarse de felicidad porque les habían renovado la visa por 3 años. A mí me pareció una reacción un poco exagerada hasta que pasaron al frente mío y pude ver que tenían pasaportes iraníes. Definitivamente me hizo ver las cosas que uno da por sentado, para otros son un privilegio. Incluso la visa japonesa. De paso, dejé de ver mi situación como un caso cómico de torpeza y me alegré de que ya no soy un delincuente.
Tres bellas dan la hora
Hace un par de días me encontré con el Reloj de las bellas (美人時計: bijin-tokei). El sitio no indica cuál es su objetivo ni por que fue creado. Lo único que uno puede saber es que cada minuto aparece una mujer distinta dando la hora.
El sitio pertenece a una empresa de relaciones públicas, a la cual le envié un correo preguntando cual es el objetivo, pero me respondieron con mensaje genérico indicando que habían recibido mi mensaje y que tal vez contestarían por correo electrónico.
La curiosidad me impulsó a hacer una búsqueda pero lo único que he podido averiguar al momento de escribir es que supuestamente se trata de un proyecto de varios artistas que quieren resaltar la belleza de la gente común y corriente en Japón. Aún queda por ver si es cierto, pues las veces que he revisado siempre veo mujeres jóvenes, cuyas edades oscilan entre los 18 y los 28 años. Supuestamente habrá también un sitio resaltando la guapura de los varones.
Más allá de si realmente el objetivo únicamente es o no resaltar la belleza de los japoneses comunes y corrientes, me parece que es una idea muy interesante, sobre todo porque hoy por hoy los grandes medios globales promueven mundialmente una estandarización de la belleza según ciertos cánones occidentales.
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De esto no me caben dudas por dos razones. Primero, hace algunos meses leí un interesante reportaje sobre los éxitos recientes de las japonesas en Miss Universo, quienes ganaron la corona en el 2007 y el puesto de primera acompañante en el 2006. Según el reportaje desde hace algunos años se viene trabajando para que ser Miss Japón tenga prestigio internamente. Aparte de ello, el concurso aparentemente busca no solo mujeres altas, sino que tengan un aspecto apetecible a Occidente. Es quizás por eso que la prensa japonesa, aparte de mencionar el triunfo, no le prestó mayor atención a la corona del 2007. Adicionalmente, aún recuerdo que muchas amistades japonesas, tanto hombres como mujeres, me habían comentado que no les parecía que la muchacha ganadora fuera especialmente bonita o interesante.
La segunda razón tiene se debe a una amistad que trabaja en una empresa que tiene está en los sectores de cosméticos y farmacéutica. Esta persona me decía hace no mucho que una de sus luchas es por convencer a las japonesas de que los senos más grandes son mejores porque las convierte en mujeres más bonitas y atractivas. Aquí ha topado con dos estorbos. Uno de ellos, según mi amistad, es el “maldito legado del budismo”, el cual hace, entre otras cosas, que los japoneses solo tengan aquellas cirugías que sean estrictamente necesarias. El otro obstáculo es que como la mayoría de las japonesas tienen senos pequeños, las que son planas no se sienten acomplejadas porque la sociedad todavía no lo señala como algo que le quita atractivo a las mujeres.
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Tres bellas dan la hora
Como no ha sido fácil convencer a las japonesas, la empresa de mi amistad y otras han optado por lograr su meta trabajando otros ángulos. El más importante de ellos es convencer a los hombres japoneses de que la mujeres pechugonas no solo son más bonitas, sino más ardientes en la cama. Uno de los corolarios es que quien seduce o tiene una mujer pechugona es más hombre. Está de sobra decir que la lógica es que si logran un cambio importante en el gusto de los hombres, las mujeres gastarán buena plata en implantes y demás artificios. Según mi amistad, Japón es un mercado “vergonzoso” para su sector, pues la venta de implantes es simplemente risible si se toma en cuenta el nivel de ingresos de este país.
Vivimos en un mundo en el que muchas mujeres sufren de anorexia y bulimia. Por eso le pregunté a mi amistad, quien tiene tres hijas pequeñas, si podía dormir tranquila por la noche, si no le preocupaba que sus niñas, al llegar a la adolescencia, se convirtieran en parte de lo que pareciera ser el creciente número de jovencitas que sufren esas enfermedades y otras más por la presión de tener cuerpos perfectos. Mi amistad se encogió de hombros y me dijo que es responsabilidad de los padres criar a sus hijas para que puedan sobrevivir en un mundo que no solo es difícil, sino a veces también cruel.
Es en razón de lo anterior que, aún sin saber cuál es el motivo real del Reloj de las bellas, por hoy y por el momento, celebro que este sitio realce la belleza de las mujeres comunes y corrientes. Aunque quizás deberían pensar en referirse a ellas tan solo como mujeres naturales.
