Anoche, luego de cenar, un amigo malasio nos llevó a mi y a mi familia a darnos una vuelta por Kuala Lumpur. Mientras dábamos vueltas por la ciudad mi esposa le preguntó por qué algunos vehículos tienen números de placa muy cortos mientras que otros los tienen largos.
Lo que parecía una pregunta sencilla devino en una larga conversación sobre como hay maneras sencillas de generarle recursos al fisco. Resulta que en Malasia el Estado subasta los números de placa. Así que cada vez que va a salir una nueva serie de placas, por ejemplo WAA 0 – WAA 9999, el gobierno publica a partir de cuando van a estar disponibles y los periodos de subasta. Si una persona quiere el número WAA 1001, debe hacer una oferta por ese número y esperar que no haya un oferente dispuesto a pagar más.
Mi amigo nos contó que este sistema le permite al Estado recibir mucho más recursos de los que recibiría por la simple emisión de placas y permisos de circulación. Mencionó que en un estado, cuando salió la subasta de la serie TAN, hubo un empresario —cuyo apellido casualmente era TAN— que ofreció US$200.000 con tal de hacerse de la placa TAN 1. A uno le parece extraño, pero mi amigo me dijo que en Malasia a veces la gente tiene números cabalísticos, a veces quiere un número fácil de recordar y otras tantas simplemente la oportunidad de vanagloriarse de poder pagara una suma exorbitante por una simple placa de carro. Y el Estado simplemente aprovecha esta característica de la población para generar recursos con facilidad.
Aunque cada placa es asignada al vehículo y no al dueño, el propietario puede transferirla a otro vehículo siempre y cuando éste se encuentre a nombre suyo. En este caso también hay tarifas “especiales”.
Le pregunté a mi amigo si no habían chorizos con las placas. El me dijo que no porque el gobierno tiene un control muy estricto del sistema pues genera mucho dinero.
A mi me pareció que sería una idea genial y digna de imitar en Costa Rica, pero luego me acordé que en nuestro país el Estado y sus funcionarios y los políticos que medran de él siempre se esfuerzan denodadamente por ser cada vez más imperitos. Cada subasta sería peleada por mil años en el ente descontrolador de la Sabana. Y cuando éste resolviera que los abogados de las partes involucradas ya ganaron bastante y suficiente, el asunto iría indefectiblemente a la Sala IV. Y todos sabemos que de allí surgiría un sesudo arroz con mango de fallo hablando de los principios democráticos, los valores de la justicia universal —cuando no cuántica— y hasta los deseos Júpiter, solo para terminar diciendo que es culpa de Pandora que haya que anular todo el proceso porque alguno de los recurrentes —ojalá de alcurnia— fue la víctima que quedó traumada porque algún burócrata de bajo rango la enjachó o al menos le hizo unos ojos feos.
Camboya es un país que aún está lejos de sanar las heridas de su violento pasado reciente. La gente vive con un gran miedo de que pueda volver a repetirse el horror de Pol Pot y sus jemeres rojos. Incluso las generaciones nacidas con posterioridad al régimen genocida viven con ese miedo. Y es por ese miedo que es difícil que los camboyanos den una opinión clara sobre casi cualquier cosa, por trivial que sea.
En Camboya todos evitan hablar de la época de los jemeres rojos o de la guerra posterior a la invasión vietnamita de 1978. No obstante, hace unos días tuve una breve y sorpresiva conversación con un señor que siempre me ha dado la impresión de tener una enorme auto confianza de esas que solo tienen quienes han vivido cosas extremadamente duras.
En un momento un tanto espontáneo me dijo que solo quien ha tenido que vivir de lo que produce la selva entiende el valor de la paz. Otro señor que nos acompañaba interrumpió y señaló que el primero se había pasado 16 años comiendo frutas y uno que otro animal en la selva. Por precaución solo respondí con un inocuo “debe haber sido una época terriblemente dura”. El señor en cuestión sonrió y me dijo que sabía lo que yo quería preguntar. Entonces me contó que pasó todo ese tiempo peleando contra los jemeres rojos.
Yo, jugando aún a la cautela, le dije que la gente que vive en sociedades que han gozado de paz por mucho tiempo a veces no la saben valorar más allá de una forma abstracta. El soltó una risa y me dijo que no fueron los años de pelea en sí los que le recordaron valor de la paz. Tampoco fueron los muertos que vio ni las hambres que vivió.
Fue un amigo quien le recordó el valor de la paz. Un día mientras patrullaban su compañero pisó una mina anti personal que le amputó una pierna. Mientras su amigo estaba en cirugía (lo que así se pueda llamar en una zona de guerra donde los médicos, muchas veces empíricos, operaban sin mayores herramientas) y luego yacía inconciente, él se preguntaba y preocupaba por la enorme depresión en que su compañero caería al despertar sin una de sus piernas.
El señor con el que hablaba me contó que cuando su amigo despertó y se vio amputado se llenó de felicidad. «¿Cómo es eso posible?» le pregunté antes de que pudiera continuar su relato. Su amigo estaba feliz porque no tendría que volver a pelear, por no tener que temer ser capturado por los jemeres rojos y sufrir torturas y quizás una muerte sumamente lenta y dolorosa.
Esas poderosas razones, sin embargo, no eran la principal causa de su felicidad. Su felicidad emanaba de saber que su familia lo visitaría para llevárselo a casa.
Hace unas semanas tenía que hacer una fotocopia de mi pasaporte para algunos trámites. Cuando pasé a la página de mi visa japonesa me di cuenta que esta había caducado el día anterior. Yo había pensado que vencía en noviembre porque tenía la idea de que vencía exactamente 3 años después de la fecha de emisión.
Entré al sitio del servicio de migración de Japón para ver que documentación debía aportar para renovar mi visa conyugal (配偶者ビザ). Luego de revisar el sitio, llamé a la oficina de migración en Shinagawa (la principal) para corroborar que la información del sitio estaba al día. Cuando le expliqué a la funcionaria que amablemente me atendió que había apuntado mal la fecha de vencimiento, ella cortésmente por con tono grave y serio me dijo que debía arreglar condición migratoria cuanto antes, pues a partir del momento en que la visa caducó era susceptible de ser deportado. Yo le indiqué que entendía y que era mi intención poner mi situación en orden lo más pronto posible. Ella me aclaró con un dejo de enojo que me aconsejaba encarecidamente que debía arreglar mi situación inmediatamente pues estar con la visa vencida es simplemente estar sin visa, lo cual significa que estaba ilegalmente en el país, en violación del ordenamiento jurídico japonés y por ende en una situación criminal. También me indicó que debía aportar una carta explicando cuidadosamente por qué había dejado que se me venciera la visa y por qué merecía una nueva visa.
En el par de días que me tomó tener todos los documentos listos estuve leyendo varios foros de extranjeros que residen en Japón sobre renovaciones de visas y casos similares al mío. Me sorprendió leer que efectivamente en Japón no es extraño que deporten a una persona a la que se le haya vencido la visa conyugal, independientemente de que tenga varios años de casado y hasta niños. El que uno tenga familia no quita que uno sea un huésped del país, el cual se reserva el derecho de admisión.
El día que fui a migración me puse mi mejor cara de chavalo pura vida y me aseguré que mi carta explicativa fuera profusamente apologética y cantadora de las alabanzas a Japón. Tuve que acudir a dos ventanillas. En la segunda tuve que esperar unos 20 minutos mientras revisaban mis documentos, mis loas al sol naciente y contestaba algunas preguntas redundantes sobre el por qué de mi pifia y mi deseo imperecedero de tener el honor y privilegio de tener la visa japonesa. En total el trámite no duró más de 35 minutos.
Cuando ya había contestado todas las preguntas, el muy atento oficial de migración me dijo que me esperara. Volvió con una hoja que estaba escrita a renglón pegado con una lista de todos los documentos imaginables que podrían pedir (no incluía prueba de ADN). Me pidió copias certificadas de mi declaración tributaria más reciente y un certificado de notas de donde me hubiese educado más recientemente. Lo segundo me pareció extraño, pero no dije nada. No obstante, le pregunté sobre cuanto es el máximo de documentos que llegan a pedir, pues la lista era enorme. El me contestó que hay algunos casos en los que piden absolutamente todos los documentos que aparecen en la kilométrica lista.
Cuando por fin estuvo lista mi visa (exactamente el día que me habían indicado previamente) fui nuevamente a Shinagawa. Mientras esperaba que llamaran el número de mi ficha, estuve observando a otros extranjeros. No faltó el occidental pedante que se molestó porque lo citaron para decirle que su visa había sido denegada y que tenía tantos días para hacer maletas. Pero también hubo gente interesante. Hubo dos señores que esperaban taciturnos a que los llamaran. Cuando les entregaron sus pasaportes empezaron a brincar, abrazarse y besarse de felicidad porque les habían renovado la visa por 3 años. A mí me pareció una reacción un poco exagerada hasta que pasaron al frente mío y pude ver que tenían pasaportes iraníes. Definitivamente me hizo ver las cosas que uno da por sentado, para otros son un privilegio. Incluso la visa japonesa. De paso, dejé de ver mi situación como un caso cómico de torpeza y me alegré de que ya no soy un delincuente.